
Dicen que César lloró a los treinta años, al pasar junto a una estatua de Alejandro. “A mi edad él había conquistado un imperio, y yo todavía no he hecho nada”, le dijo a sus perplejos acompañantes. Yo he conocido a tipos que lloraban también, a los veintitantos, porque ellos se ahogaban en los bares y en la paz perpetua, y a su edad Manfred von Richthofen ya era el héroe bélico por excelencia, admirado entre amigos y adversarios, con ese punto romántico de los primeros aviadores, que parecían emparentados con las divinidades clásicas, como si con ellos retornase el tiempo de los titanes.
Richthofen solicita su traslado al arma aérea. Piensa que algún parecido tienen los pilotos con los antiguos caballeros, y que la guerra en el aire todavía deja espacio a un código de honor y de respeto entre los contendientes. Allá arriba la estética y la ética es distinta: Wermer Voss, uno de los “ases” alemanes, volaba siempre enfundado en su uniforme de gala, como si acudiese a un baile de la familia imperial. Richthofen, por su parte, dejaba escapar a sus enemigos si los daños de sus aparato les impedían continuar el combate. Pero esto sería más adelante, al principio le costó hasta sacarse la licencia de vuelo. En 1916 se incorpora a una escuadrilla de caza, le dan un biplano y en poco tiempo destaca como un piloto excepcional, y junto con el número de aviones enemigos derribados, empieza a crecer un áurea de misterio a su alrededor que él mismo fomenta comentando a sus amigos que no verá el fin de la guerra. Aunque de momento los que llevan la peor parte son ingleses y franceses: cinco, diez, quince, veinte… Las victorias de Richthofen no dejan de aumentar, incluso llega a derribar a Lanoe Hawker, el gran “as” de los británicos. En abril de 1917, a los 24 años, ya es el piloto con más derribos anotados de toda la contienda, pasando los cuarenta. Por cada una de esas victorias encarga una copa, pero tiene que abandonar esa costumbre porque su joyero se queda sin plata. Ya lidera su propia escuadrilla, y es entonces cuando el mando alemán ordena pintar los aviones, para camuflarlos y obtener ventaja en los ataques.¿Camuflarse? ¿Esconderse? ¿Jugar con ventaja? Eso va en contra del espíritu del jinete, así que Richthofen decide cumplir la orden de pintar los aeroplanos, pero muy a su manera, eligiendo el rojo, el color de su regimiento de caballería. Los demás miembros de la escuadrilla también utilizan colores llamativos, y antes de que los jefes puedan reaccionar los ingleses ya comienzan a llamarlos “El circo aéreo”, y a Richthofen “El Barón Rojo”. Obtuvo las más altas condecoraciones de su país y de sus aliados, convirtiéndose en el piloto de caza más famoso de todos los tiempos.Al término de la guerra, que efectivamente no alcanzó a ver, su unidad de caza había conseguido 644 victorias, contabilizando sólo 56 bajas. A Richthofen se le reconocen ochenta derribos.